domingo, 2 de septiembre de 2012

Como combatir la depresión


Es una de las enfermedades más extendidas en el mundo, muy invalidante, y aun así, muchas veces mal diagnosticada y tratada sin éxito. Esto podría cambiar pronto, porque se van conociendo sus mecanismos cerebrales, lo que permite buscar nuevas terapias para atacarla. Aunque los especialistas reconocen que les faltan todavía claves de la dolencia, como su base genética
Este investigador opina que “probablemente en la depresión, como en otras patologías, confluyan un 50% de factores genéticos y otro tanto psicológicos y externos (estrés, abusos sexuales, vuelcos vitales negativos, otra enfermedad, como un cáncer…)”.

Otros especialistas no atribuyen a la depresión un peso genético sustancial y aseguran que, cuando menos, el desencadenante de un primer episodio siempre es externo. También se ha visto que hay fases hormonales de la mujer que la predisponen más (posparto, menopausia), o que se dan más casos en individuos con determinada personalidad (los hiperresponsables, los muy autoexigentes o quienes tienen baja autoestima). La predisposición genética se ha confirmado en familias en que los progenitores padecen depresión y los hijos también de forma temprana o más grave (se estima que el antecedente familiar aumenta de dos a seis veces el riesgo de sufrirla). 

En el 2003, médicos de Canadá, entre ellos el neurocirujano Andrés Lozano, nacido en Sevilla (a los tres años marchó a América) y que trabaja en el hospital Western y la Universidad de Toronto, dio un paso adelante, aprovechando los avances en el conocimiento de los mecanismos cerebrales. Probó la estimulación cerebral profunda en enfermos de depresión y consiguió que en el 50% remitiera la patología.

“Analizamos mediante PET –cuenta Lozano– el cerebro de personas con depresión y de otras no enfermas y vimos diferencias. Las deprimidas muestran una hiperactividad en las conexiones entre neuronas en un área del cerebro, llamada cg25 (el giro subcalloso cingulado), en la cara intermedia de los lóbulos frontales. Ahí radica el mecanismo cerebral que regula la tristeza –se observó en un estudio sometiendo a personas a imágenes e información que las entristecieran–. A la vez, en otra área superior, también en los lóbulos frontales, en los mecanismos que rigen la motivación o la toma de decisiones, se da una actividad menor de lo normal, lo que explica la apatía de las personas deprimidas”. Esto se ha medido en estudios a partir de la glucosa que hace funcionar las células. Usándola como marcador, se pudo ver mediante neuroimagen la actividad anormal en unas y otras zonas. Lo que aún se ignora es por qué se altera la actividad bioquímica cerebral, qué causa el fallo en esos mecanismos, ¿un defecto genético? 
Sea por lo que fuere, se comprobó que estimulando la región cerebral cg25 se reducía su hiperactividad y entonces aumentaba la actividad en la zona del córtex prefrontal. O sea, el paciente mejoraba de sus síntomas de depresión. 

Los médicos aplicaron la experiencia de una década en estimulación cerebral de enfermos de parkinson. De manera similar a estos casos, para tratar la depresión se implantan unos electrodos en el cerebro y se conectan por un cable subcutáneo a un neuromodulador, como un marcapasos cardiaco  que se programa según las necesidades de cada paciente para que emita estímulos eléctricos que modulen la actividad cerebral.

El paciente no nota nada, no siente un subidón en su ánimo cuando se conecta el neuroestimulador, pero en una semana ya puede empezar a sentirse mejor de la depresión, aunque se tarda meses en ajustar el estimulador a cada paciente y se debe variar la estimulación si sufre una recaída.

Un equipo multidisciplinar del hospital de Sant Pau de Barcelona, encabezado por el director de psiquiatría, Víctor Pérez, y el de neurocirugía, Joan Molet, fue de los primeros en Europa en aplicar esta terapia. Desde el 2008 han implantado electrodos a 12 pacientes de entre 18 y 70 años con depresión –en todo el mundo son unos 300 los operados–. Entre ellos, Yolanda. Esta paciente, aunque ha recaído un par de veces (la última, no hace mucho) y sigue tomando algún antidepresivo y acudiendo a la consulta de psiquiatría para chequear su estimulación, ha mejorado muchísimo. Querría volver a trabajar, aunque a su ritmo, motivo por el que probablemente no pueda aún, porque los sistemas laborales en empleos como el suyo y otros no admiten reincoporaciones a medio gas, un obstáculo para personas de baja que quieren recuperar cierta normalidad.

En el Sant Pau tienen al menos ocho enfermos más con depresión que podrían beneficiarse de la terapia si se operaran, indican los médicos. Esta cirugía de la depresión sólo se practica a enfermos en los que no han funcionado los otros tratamientos (de ese grupo del 5% o más de casos graves, que prácticamente se cronifican). Y es una cirugía que se aplica a contados pacientes, porque se hace dentro de ensayos médicos aprobados por la administración sanitaria. Como es un tratamiento caro (cuesta unos 20.000 euros por paciente), todo hace pensar que no se avanzará mucho con la actual crisis económica y los recortes en la sanidad, aunque los enfermos mejorarían sus condiciones de vida y se ahorraría el gasto de otros tratamientos.

La estimulación cerebral profunda no ha sido aprobada aún como terapia contra la depresión por la Agencia de Medicamentos de EE.UU. (FDA) ni la de Europa (Emea), aunque sí está autorizada contra el parkinson y el trastorno obsesivo-compulsivo. Víctor Pérez señala que la terapia se ha mostrado segura y eficaz y podría beneficiar a muchos enfermos, pero existen grandes recelos 
ante la psicocirugía. Empiezan por el término, pues hoy se habla de neurocirugía psiquiátrica.

La cirugía para tratar enfermedades mentales se empezó a practicar hace mucho, pero algunos abusos hace 50 o 60 años –y la aparición de los psicofármacos– la desterraron del quirófano para dolencias como la depresión, aunque hoy la neurocirugía es menos invasiva y más precisa. Gracias a tecnología como la neuroimagen, se reduce enormemente el riesgo de daños de las funciones cerebrales.

El electroshock también tiene mala fama, pero se sigue usando para tratar esos casos de depresión grave que no responden a medicación(ni a la psicoterapia ni a ambas combinadas). En este caso se envían descargas de 80 voltios al cerebro (en sesiones semanales o quincenales), mientras que en la estimulación cerebral profunda se incide en un área muy concreta (donde se implantan los electrodos) y el estímulo es de mucha menor intensidad, de no más de 4,5 voltios. 

Apenas se han constatado efectos adversos; en cambio, el electroshock daña la memoria.
Con la estimulación cerebral profunda, dos de cada tres pacientes operados notan mejoría (algunos, sustancial), según los resultados publicados desde el 2005 por el equipo de Lozano en Canadá, que ya ha hecho unas 75 intervenciones. “No sabemos todavía por qué la terapia no es efectiva en un tercio de los pacientes”, precisa Lozano. Se cree que podría obedecer a que la alteración del mecanismo cerebral sería diferente a esa hiperactivación de la zona cg25, pero son necesarios más estudios.

El seguimiento de algunos operados pasados ya seis años indica que la terapia sigue siendo efectiva (si lo es a los 3-6 meses, mantiene el efecto en el tiempo). Pero se ignora qué ocurrirá a largo plazo. Los psiquiatras recuerdan que en enfermos de parkinson, en algunos operados hace ya unos 20 años, se ha visto que la estimulación mantiene su efecto, pero la eficacia se reduce porque es una enfermedad neurodegenerativa, va deteriorando el cerebro, lo que no ocurriría en la depresión. Con todo, la estimulación cerebral no cura la enfermedad, sólo la trata. Ahora se estudia qué ocurre si se apaga el neuroestimulador y se reinicia, para ver si se mantiene el efecto o hay una recaída inmediata, explica Joan Molet. Al neuroestimulador se le debe cambiar la batería cada varios años, como a un marcapasos.

Lozano trabaja actualmente en un ensayo con 200 pacientes de Canadá y EE.UU. que debe culminar en diciembre para descartar el efecto placebo y definir más elementos para que la terapia pueda ser aprobada por la FDA y extenderse. Su deseo sería no limitarla a pacientes que han fracasado en todos los tratamientos y arrastran la depresión diez años o más, sino tratar a más y hacerlo antes. Es partidario de aplicar cirugía antes que electroshock.

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