martes, 6 de agosto de 2013

Buscar la excelencia

Un carpintero mayor que estaba cercano a su retiro, se fue un día a hablar con el constructor para el que trabajaba.
–Quisiera pedirle que me adelantara mi fecha de jubilación. Después de trabajar tantos años en su empresa, quisiera disponer ahora de un poco más de tiempo para estar con mi familia.
El constructor se entristeció al saber que iba a perder al que era, sin duda, uno de sus mejores y más queridos hombres.
–Te concedo lo que me pides, aunque yo también quisiera pedirte algo a ti: antes de que te marches, me gustaría que colaboraras en la construcción de una última casa.
El carpintero accedió sin gran ilusión porque su mente ya no estaba en su trabajo. Empezó a hacer las cosas chapuceramente y a utilizar materiales de peor calidad. Total, ¿qué más daba ya?
Cuando la casa estuvo terminada, el constructor fue a visitarla y, entregándole unas llaves al carpintero, le dijo sonriendo:
–Toma, son las llaves de tu nueva casa. Este es mi regalo para ti.
La verdadera fuerza del hombre está en su carácter, y para que exista carácter tiene que haber libertad
Muchas de las cosas que nos ocurren en la vida, somos nosotros los que, sin darnos cuenta o tal vez llevados por un cierto descuido, hemos provocado que sucedieran. A todos nos es fácil encontrar poderosas razones que justifiquen la forma en la que pensamos, sentimos o actuamos. Como no justificar, por ejemplo, el no poner todo lo que somos en lo que hacemos, en aquellas ocasiones en las que creemos que ni se nos reconoce nuestra labor y ni siquiera parece que sirva para algo. Es entonces cuando nos abandonamos, porque damos por supuesto que ya no es importante poner el sello de la excelencia en todo lo que salga de nuestras manos.
Si en nuestra vida ya no hay ilusión, si en nuestra vida ya no hay compromiso, ¿con qué materiales estamos construyendo la casa en la que, sin saberlo, un día viviremos?
Cuando vivimos sin razones que nos den la confianza y la fuerza necesarias para cambiar lo que parece un supuesto y no deseado destino, sólo nos queda algo en lo que apoyarnos: nuestras elecciones. Cuando yo elijo algo, no necesito otra razón para mi elección que el saber que es ése el material con el que yo quiero construir mi vida, me lo agradezcan o no.
¿Dónde existe más libertad?, ¿en las reacciones que automáticamente tengo, o en las elecciones que voluntariamente hago? La verdadera fuerza del hombre no está ni en el ataque ni en la huida. La verdadera fuerza del hombre está en su carácter, y para que exista carácter tiene que haber libertad. ¿Nos imaginamos el impacto en nuestra sociedad si eligiéramos ser extraordinarios en un mundo que se empeña en ser ordinario? No estoy hablando de la virtud de la bondad. Hablo de la posibilidad de actuar en libertad.
Decía James Dean que soñáramos como si fuéramos a vivir siempre y queviviéramos como si fuéramos a morir hoy. Si así fuera mi vida, yo quisiera vivir mi último día no sobre la base de unas buenas razones, y sí sobre la base de unas poderosas elecciones.

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