lunes, 2 de febrero de 2015

Cuesta incorporar nuevos habitos

¿Eres de los que se apunta al gimnasio y luego no va? ¿O tal vez no puedas resistirte a picar entre horas? ¿Te gustaría saber por qué te metes en problemas aun sabiendo que te perjudicarás? ¿O por qué sigues con esa persona que te hace sufrir? Si eres de los que cada primeros de año se propone buenos propósitos que luego no cumples, si te cuesta decir no cuando realmente quieres decir no, esta información es para ti. A mediados de enero solo el 25% de las personas mantiene sus buenos propósitos pero seis meses después esta cifra mengua hasta un 5%. ¿Por qué? Marta Romo, pedagoga y directora de Neuroclick, desvela el misterio: «Para el cerebro es agotador incorporar nuevos hábitos, lo sencillo es continuar con sus rutinas. Entrenar la voluntad es la solución. Difícil pero no imposible», advierte esta experta.
De hecho, la fuerza de voluntad reduce la tasa de ejecución de los impulsos negativos del 70% al 17%. Un estudio de la Universidad de Chicago —realizado por el psicólogo Wilhelm Hofmann (2001)— demostró que cuando las personas ceden a un deseo o impulso, lo ejecutan aproximadamente el 70% de las veces, mientras que cuando se resisten los ejecutan solo el 17%. Es decir, tirar de voluntad frena más del 80% de los impulsos no deseados. No hace falta ser muy observador para detectar la incoherencia del ser humano: una cosa es lo que sabe y dice y otra —a veces diametralmente opuesta— lo que hace: desde fumar, a los malos hábitos alimenticios, a la vida sedentaria o a no usar casco siendo motoristas. «La buena noticia es que como humanos somos libres y la voluntad es la clave para navegar por esas aguas. La ausencia de voluntad hace que cuando tengamos que tomar una decisión nos pueda lo inmediato, que pensemos únicamente en los beneficios presentes y no tengamos en cuenta las consecuencias, o no veamos más allá. Nos hacemos esclavos de nuestros instintos y dejamos de ser libres, porque la mente sin voluntad se anula en la acción», argumenta Marta Romo, autora de Entrena tu cerebro.
En la actualidad, añade Romo, el déficit de voluntad en la sociedad conduce a un gran sufrimiento e incluso a graves trastornos psicológicos, con el agravante de que se trata de un valor con poco protagonismo en la educación. «Preferimos dar caprichos a los niños para evitar que lloren, o a los adolescentes por evitar una discusión. Y lo hacemos con la mejor intención…. Sin embargo, pocas veces nos planteamos las consecuencias a largo plazo y el flaco favor que les hacemos debilitando su fuerza de voluntad».
La fuerza de voluntad o palabras como esfuerzo, disciplina o sacrificio están infravaloradas e incluso penalizadas en la actual cultura de la inmediatez, explica. «Pero las consecuencias son graves para el cerebro ya que la fuerza de voluntad opera como un músculo: se fortalece con la práctica, se fatiga con el uso excesivo o se atrofia con la falta del mismo. Podemos decir que la fuerza de voluntad necesita comer y dormir». Goleman, recuerda esta neuropsicoeducadora, definió la fuerza de voluntad – autorregulación, como la capacidad para diferir o aplazar las gratificaciones de manera racional y consistente, y lo incluyó como uno de los rasgos básicos de lo que todos conocemos como inteligencia emocional. «La ciencia ha demostrado que quienes se han dedicado a cultivar su fuerza de voluntad, han invertido en su educación y en su felicidad».
Un famoso experimento llevado a cabo por la Universidad de Stanford a principios de los 70, el «experimento de la nube» (o malvavisco, o mashmallow), relacionó consistentemente comportamientos impulsivos llevados a cabo a corta edad con deficiencias en el desarrollo de esos mismos niños durante su vida adulta, vinculando la capacidad para aplazar una gratificación (un caramelo, en este caso), con la fuerza de voluntad a lo largo de toda la trayectoria vital. «Desde mi punto de vista, lo realmente interesante de este estudio, además de la fuerza de voluntad, es nuestra capacidad de encontrar estrategias para conseguir lo que realmente queremos», concluye Romo.

La motivación, nuestra gran aliada

Otro psicólogo de la Universidad de Toronto, Michael Inzlicht, ha demostrado que sea cual sea el dominio de nuestro comportamiento, los mecanismos de nuestra fuerza de voluntad mejoran considerablemente cuando nuestra motivación es autónoma o independiente, en lugar de estar presionados o controlados externamente, relata esta experta, quien además recuerda que sin embargo, el fracaso de la voluntad es uno de los problemas centrales de la condición humana. De hecho, añade, «los déficits en la autorregulación se encuentran en un gran número de trastornos psicológicos incluyendo déficit de atención / hiperactividad (TDAH), trastorno antisocial de la personalidad, trastorno límite de la personalidad, adicciones, trastornos de la alimentación y trastornos de control de impulsos». Es más, apunta: «un equipo de científicos formado por Muraven, Gagné y Rosman demostraron en 2008 que si una persona está tratando de regular su dieta o intentando dejar de fumar, las razones o motivos en las que se basa para justificar su esfuerzo influyen en su fuerza de voluntad.Cuando la motivación que subyace a los esfuerzos es autónoma y autoimpulsada, en lugar de controlada externamente, es más probable el logro de metas». Por eso para esta experta, una dieta equilibrada, ciertos permisos, la autonomía apoyada en argumentos poderosos de la persona en cuestión y el refuerzo del entorno social son los elementos cruciales para el desarrollo de la fuerza de voluntad.

Entrenamiento para el día a día

Pero, en realidad, la cosa no es tan negativa como parece. Según Marta, tenemos bastante éxito en resistir tentaciones. «Lo que sucede es que los fracasos destacan más, hacen más ruido en nuestro cerebro». Como ya se apuntaba, la fuerza de voluntad reduce la tasa de ejecución de los impulsos no deseados del 70% al 17%. Aunque son buenas noticias, ese 17% puede causar muchos problemas. Esta experta propone algunas claves para desarrollar la fuerza de voluntad, teniendo en cuenta lo que la neurociencia nos enseña. «Son claves sencillas que si transformas en costumbres pueden convertirse en tus mejores aliadas», dice Marta Romo.
1. Adopta estándares claros de autocontrol. Ten objetivos claros de autocontrol. En ocasiones somos ambiguos, generalistas y mezclamos nuestros propios límites. Esto nos lleva a tener dificultades con la fuerza de voluntad, no tanto porque no seamos capaces, sino porque no lo tenemos claro. Así que cada vez que te plantees un nuevo objetivo, formúlalo de la manera más clara posible, aunque te resulte soso».
2. Presta atención y lleva registros. Tener en mente la conducta que quieres controlar y contabilizarla ayuda y mucho. ¡Nos encantan los marcadores! Las personas comen más y beben más cuando no prestan atención, cuando están distraídas. En contraste, cuando se ponen a dieta a menudo llevan cuidadosos registros de qué comen y cuántas calorías consumen. Comparar la realidad con el estándar es clave para un autocontrol efectivo. Está demostrado que si tienes un 90% de la atención realmente no tienes atención. Es necesario el 100% de nuestra atención para prestar atención. Para tener éxito en tus propósitos, es fundamental el foco. La multiplicidad hace que se pierda foco y nos despistemos.
3. Externaliza y confía tu voluntad en alguien. La atención se focaliza sobre todo con interacción social porque genera cierta tensión y recompensa inmediata cuando consigues tus resultados o los compartes. Así que compartir tus propósitos con los demás te ayudará a aumentar tus niveles de atención. Contar con un apoyo extra es formidable. Encontrar, por ejemplo, a alguien que te motive a ir al gimnasio o que vaya contigo, cuando ese es uno de tus objetivos.
4. Carga tus baterías de voluntad. La fuerza de voluntad se consume al usarla, el descanso y la glucosa, como hemos visto ayudan. Menuda paradoja, para no comer se necesita voluntad, pero para tener voluntad se necesita comer (glucosa). Para cargar tus baterías, toma muy en serio la alimentación, el sueño, la actividad meditativa y no hacer nada.
5. Administra tu voluntad. Como hemos visto, tenemos una cantidad limitada de energía relacionada con el autocontrol. Hay muchas actividades que también drenan esta misma energía, como tomar decisiones o resolver un conflicto. Por lo que el autocontrol puede flojear después de estas situaciones. Así que de vez en cuando, se recomienda darle un descanso a la voluntad, dejar de apretar los controles. Los premios y el refuerzo positivo funcionan.
6. Busca la motivación autónoma. Sabemos que los mecanismos de nuestra autorregulación son favorables a nosotros mismos cuando la motivación es autónoma e independiente, y que estar presionados o controlados externamente bloquea nuestra fuerza de voluntad a largo plazo, ya que nos lo pone más difícil. Hacer este ejercicio de discernimiento para identificar nuestras motivaciones intrínsecas antes de lanzarse por un objetivo es crucial para ponértelo más fácil. Y cuando no las hay, ármate de toda la artillería para combatir las posibles distracciones y dificultades que tú mismo te pondrás.
7. Sal del automático. Como dice Baumeister: «El comportamiento habitual trabaja en piloto automático. Para incrementar el poder de la voluntad, debes sobre-escribir el piloto automático y tomar control deliberado». Como la fuerza de voluntad se ejercita deliberadamente, es interesante que de vez en cuando te salgas de la rutina y busques hacer las cosas de otra manera.
8. Perdona tus errores. Cometer errores es inevitable y humano, pero tu fuerza de voluntad será más fuerte si logras superarlos. El problema es cuando nos quedamos enganchados a través de la culpa, que es muy adictiva, y los vivimos como un fracaso. «Perdonarte a ti mismo por tus errores aumenta la motivación y el compromiso con tus metas», afirma la socióloga y catedrática de la Universidad de Standford y experta en autorregulación, Kelly McGonigal.
9. Identifica las posibles molestias que surgen cuando piensas en tu reto. Seamos realistas, ganar en fuerza de voluntad es incómodo. Anticipar ese posible malestar en forma de pensamientos, emociones o posibles distracciones, te ayuda a desmantelarlos, a estar prevenido antes incluso de que te asalten inesperadamente.
10. Reconoce y acepta tu polaridad. Ese péndulo que todos tenemos y que oscila entre una parte de ti que quiere ser impulsiva y otra que quiere ser reflexiva. Describe los deseos de tus dos partes e identifica cuál es la mente impulsiva que prefiere la gratificación instantánea, la que se queja y la que siempre posterga los buenos hábitos. Este ejercicio te ayudará a reconocer cuándo tu parte impulsiva está tomando control sobre tus acciones para lograr interrumpirla en el momento adecuado.

domingo, 1 de febrero de 2015

¿Por qué es tan importarte el autoconocimiento?

¿Por qué es tan importarte el autoconocimiento?


Decimos que el autoconocimiento es la primera aptitud de la inteligencia emocional ya que es fundamental para nuestro día a día, sobre todo en la época que estamos viviendo y muchos “sufriendo”.
Infinidad de personas desconocen y demandan herramientas útiles para conocerse conocerse a sí mismas. La importancia de conocernos, saber cuales son nuestros puntos fuertes, débiles, quienes somos y para que estamos viviendo la vida que vivimos son preguntas que muchos alguna vez nos hemos hecho o seguimos pasando por alto.
Por ello, te invito a adentrarte en tu precioso mundo interior y vivir de una forma plena y auténtica. La ilusión y motivación por auto-descubrirnos es esencial, comenzando por conocer los objetivos que tienes y las herramientas a tu disposición para conseguirlos. Con este primer paso conseguirás cualquier cosa que te propongas.
Decimos que la vida se basa en continuos cambios que nos permiten aprender, evolucionar y crecer tanto interiormente como exteriormente. Estamos inmersos en toma de decisiones cada día, las cuales si no conocemos nuestro potencial, corazón y persona siempre estaremos tomando a la ligera y herrando continuamente una y otra vez. Todo ello se traduce en una vida llena de insatisfacción, bloqueos personales y no creernos validos para conseguir nuestras metas y sueños personales.
Viví una experiencia así que me encantará compartir con vosotros. Os lo puedo resumir en la gran necesidad que tuve un día ya lejano de pensar y replantearme muchas cosas: relaciones sentimentales, sueños, metas personales, valores internos, “mis pilares” íntimos, y lo mas importante “quien era yo y por qué estaba aquí”.
Mi corazón comenzó a hacerme sentir la importancia de conocerme a mi misma para poder orientarme profesionalmente hacia lo que, en la actualidad es mi pasión y me encanta regalar a las personas, al mundo.
Hago un parón para regalaros un precioso vídeo que a mi en su día me abrió el alma y el “quién soy yo”.


Si todavía sigues sintiendo interiormente la necesidad de conocer datos sobre ti, ha pasado tiempo y sigues sin haber obtenido “grandes” resultados en tu autodescubrimiento no te preocupes. Es muy normal. Cuando hablamos sobre nosotros mismos nos resulta difícil. Solemos pensar que nos conocemos muy bien pero muy pocas veces nos detenemos a pensar y reflexionarescribir nuestras metas y las características personales que facilitarán o dificultarán la consecución de las mismas.
Debido a esto, es muy importante objetivar lo que sabemos sobre nosotros mismos: nuestro potencial personal.

¿Cuáles son las 20 preguntas que me autodescubrirán?


Llegados a este punto me encantaría que realizáramos el comienzo de este proceso de autodescubrimiento juntos. ¿Cómo? Respondiendo a estas 20 preguntas que sé te harán reflexionar sobre tu persona e interior. También, si os animáis podéis dejar vuestros comentarios para conoceros un poco más.
1) ¿Cómo de viejo/a te sentirías si no supieras la edad que tienes?
2) ¿Qué es peor para ti: fallar o no intentarlo?
3) ¿Cuál es la primera cosa que cambiarías en tu vida?
4) ¿Estás haciendo lo que quieres o te conformas con lo que estás haciendo?
5) Si pudieras ofrecerle a un niño un solo consejo ¿cuál sería?
6) ¿Violarías la ley para salvar a un ser querido?
7) ¿Qué es lo que sabes hacer mejor y de forma diferente que los demás?
8) ¿Cuál es la cosa que te hace más feliz?
9) ¿Qué es aquello que no has hecho y te gustaría hacer? ¿Qué te detiene?
10) ¿Pulsas el botón del ascensor más de una vez? ¿Crees de verdad que irá más rápido?
11) ¿Has sido el amigo que te hubiera gustado tener?
12) ¿Cuál es la única cosa que salvarías si tu casa se estuviera incendiando?
13) ¿Se ha hecho realidad alguna vez tu temor más grande?
14) ¿En qué momento de tu pasado te has sentido más vivo/a?
15) Si supieras que el mundo se va a acabar mañana ¿qué lugar visitarías?
16) ¿Estarías dispuesto a reducir tu esperanza de vida en 10 años por llegar a ser muy atractivo/a o famoso/a?
17) ¿Qué harías si supieras que nadie te va a juzgar por ello?
18) ¿Cuál es la persona que más amas en este mundo?
19) ¿Qué amigo/a te gustaría que respondiera estas preguntas? ¿Le has invitado a responderlas? ¿Por qué no?

Aprende a Disfrutar Hablando en Publico

Puede que el cuatrigésimo presidente de los Estados Unidos, Barack Obama,no haya cumplido las expectativas que generó tras llegar al poder en 2008 –gracias a su famoso Yes, we can– pero no cabe duda de que, en lo que respecta a la oratoria, es uno de los mejores políticos de los últimos tiempos.
Obama ha sido siempre muy cuidadoso con sus discursos, pero hay que recordar que, como la mayoría de políticos, cuenta con asesores que le ayudan a redactarlos. Uno de ellos fue Adam Frankel, que escribió muchos de los discursos del presidente en defensa de la reforma del sistema salud y algunas disertaciones ya clásicas como la del homenaje a los 29 mineros del carbón que murieron tras una explosión en West Virginia en 2010.
Frankel asegura en un artículo publicado en Time que la mejor manera de aprender a escribir discursos es leer los grandes, “de la Oración Fúnebre dePericles al ‘He ido a la cima de la montaña’ de Martin Luther King, pasando por el discurso de aceptación del Nobel que pronunció Faulkner”. Pero si lo que quieres es una serie de consejos rápidos para mejorar tus alocuciones públicas, Frankel ofrece 6 claves.
1. Escribe como hablas
“No existe una ley suprema de la redacción de discursos, pero si hubiera una, sería probablemente esta: un discurso está hecho para ser hablado, no leído”, asegura Frankel. En su opinión, este obvio consejo tiene importantes implicaciones que no todo el mundo tiene en cuenta. Cuando hablamos usamos oraciones mucho más cortas de las que empleamos escribiendo, algo que olvidamos con frecuencia. Hay frases muy resultonas en el lenguaje escrito que resultan farragosas en el lenguaje hablado y que haríamos bien en evitar. La única forma de comprobar que hemos escrito un discurso adecuado para ser pronunciado es leerlo en alto mientras lo escribimos.
2. Cuenta una historia
Frankel recuerda la primera vez que escribió un discurso para Obama. Lo primero que el presidente preguntó a sus asesores es: “¿Cuál es la historia que estamos tratando de contar?” Un discurso tiene su propio desarrollo narrativo. Tal como explica Frankel a Obama suelen gustarles los discursos con un comienzo lento y cálido, una mitad con sustancia y un final inspiracional. Ese es su estilo, pero no tiene por qué ser el tuyo. Lo importante, asegura el escritor, es que cuentes una historia con la que te sientas cómodo. Hoy en día los políticos tienden a llenar sus alocuciones de cifras y estadísticas, algo que, según Frankel, nunca será tan poderoso como una buena historia.
3. La estructura importa
Es muy habitual que al escribir un discurso tengamos claro qué queremos contar pero no tanto cómo hacerlo. La estructura de un discurso es importante, pues un argumento lógico, claro y bien dividido, es más persuasivo que uno deslavazado. No es de extrañar, como explica Frankel, que muchos de los mejores oradores, incluido el propio Obama, vienen del mundo del Derecho, donde se aprende enseguida a elaborar argumentos con una estructura lógica. Un truco para estructurar bien un discurso es hacer una lista con los puntos que quieres tratar.
4. Sé conciso
El presidente estadounidense Woodrow Wilson (que gobernó el país entre 1913 y 1921 y fue responsable de la entrada de EEUU en la I Guerra Mundial) tenía una idea clara sobre la longitud de los discursos: “Si quieres que hable durante cinco minutos, necesitaré un mes para prepararme. Si quieres que hable durante 20 minutos, necesitaré dos semanas. Pero si quieres que esté una hora hablando estoy ya listo”.
Saber resumir es en ocasiones la parte más difícil de un discurso. Lo primero que debemos de tener claro es que nuestra audiencia va a distraerse si somosrepetitivos y nos vamos por las ramas. Frank recomienda que eliminemos todas las palabras de nuestro discurso que no sean necesarias para dar sentido a éste. Nos cargaremos muchas más de las que pensamos.
5. Se auténtico
Lo peor de los discursos de la mayoría de políticos actuales –al menos los españoles, que son a los que estamos más acostumbrados– es que suenan más falsos que un billete de 60 euros. Por desgracia, estamos habituados a que los políticos nos mientan pero es que, además, sus discursos pocas veces suenan sinceros. Es dudoso que Obama sea más honesto que nuestros políticos, pero hay que reconocer que al menos sus palabras suelen dar la impresión de serlo.
Frankel recuerda una reunión para escribir el discurso que Obama debía pronunciar en la Convención Demócrata de 2008. El presidente se detuvo en cierta parte del discurso y dijo a sus asesores: pensad en el momento en el que estamos, pensad por lo que está pasando el país y escribid algo que sea verdad”. Si creemos en lo que estamos diciendo nuestro discurso sonará convincente. Contar una historia personal puede ser un buen recurso para lograr este efecto.
6. No sólo hables, di algo
Si tienes que escribir un discurso, por el motivo que sea, trata de que este sea bueno. ¿Y cuáles son los buenos discursos? Los que nos dicen algo importante. Los buenos oradores son capaces de conmover al auditorio sin importar que estén arengando a las Fuerzas Armadas o inaugurando una feria de ganado. “La grandeza de un discurso tiene más que ver con los valores que con cualquier otra cosa”, asegura Frankel. Si quieres hacer un buen discurso evita tener un perfil bajo, apunta alto y trata de llegar al corazón de tus oyentes.

lunes, 19 de enero de 2015

Enrique Rojas Mucho Orden en el Horario y Mucha Perseverancia y Constancia

El orden y la constancia son dos joyas de la conducta. Cuando yo empezaba mis estudios en la Facultad de Medicina, gracias al influjo de mis padres y en especial de mi hermano Luis, me di cuenta de la enorme importancia que tenían ambas. Voy a desmenuzar su contenido.
El orden es un valor humano que se refiere a la buena disposición de las cosas entre sí y a saber poner cada una de ellas en el lugar que le corresponde. Pero el orden tiene muchos significados, se abre en abanico y nos ofrece un muestrario de posibilidades amplio y diverso. Aquí voy a referirme a la vida ordinaria, al día a día:
1. Orden en el horario: esta es la base. Levantarse a la hora adecuada y tener una regularidad de las actividades programadas. Cuando uno tiene orden, el tiempo se dilata y se llega a más cosas. Una hora fija aproximada de acostarse y de levantarse. La disciplina nos hace metódicos, dueños de nosotros mismos.
orden-y-constancia2. Orden en la habitación: entrar a la habitación de alguien es hacer un retrato psicológico del que la habita. Puede parecer de entrada una cosa sin importancia, pero el buen observador verá cómo están las cosas que esa persona tiene y maneja a diario. Cuando hay orden, aquello desprende paz, serenidad e invita a quedarse allí. Una habitación que es una leonera, donde el desorden campa por sus respetos y todo es caótico, refleja bien a las claras la persona que vive en ella. Que cada cosa esté en su sitio y después de utilizarla, devolverla a su lugar. Según la compañía de consultores Priority Management de Pittsbusrgh, una persona media gasta un año de su vida buscando cosas perdidas. Cajones, carpetas, libretas y tener en el ordenador todo bien clasificado. Este orden simplifica la vida y produce una tranquilidad casi inmediata. El orden aporta a la vida comodidad, eficacia, simplificación de la vida, calma.
3. Orden esa prender a tirar lo que ya no sirve. Es impresionante lo que uno puede llegar a guardar si no anda con cuidado. Ordenar es saber desprenderse de lo que estorba. Y en la duda: lo mejor es tirar. Qué paz produce sacar un cajón de su sitio, ponerlo encima de una mesa y empezar a mandar cosas inútiles a la papelera. Esto parece una anécdota pequeña, pero no lo es.
4. Orden en la cabezaEl que no sabe lo que quiere no puede ser feliz. Y para eso: aprender a ser concretos, no querer tocar demasiadas teclas ni ser salsa de muchos guisos. Aprender a renunciar es sabiduría. Y al mismo tiempo es esencial tener una jerarquía de valores bien establecida: lo que es decisivo, lo importante, lo ordinario, lo marginal. El orden mental es placer de la razón y sedante de la afectividad. Tener las ideas claras produce una alegría interior que no tiene precio. Orden en la forma de vivir, de trabajar, de pensar, de superar las adversidades. Orden ético, afectivo, en las prioridades… hay un orden oculto por debajo incluso de las apariencias, que toca a cada uno descubrir.
5. Ser organizado. A esta modalidad le llamaría yo orden dinámico, que no es otra cosa que prever, adelantarse, evitar la improvisación. Frente a los puntos anteriores que estarían dentro del espectro de orden estático.
6. Orden y, a la vez, saber ser flexible. Esto quiere decir saber aceptar los cambios e imprevistos que surgen y que forman parte de la vida misma y que rompen el orden que uno tenía establecido. Entre el desordenado de campeonato y el perfeccionista y maniático del orden, hay una gama rica y multiforme. El rígido perfeccionista sufre y se altera porque las cosas no siguen la secuencia por él establecida. La persona ordenada lleva bien estos hechos y no pierde la calma. El orden da armonía y equilibrio a la vida. Es más, me atrevería a decir que no hay verdadero equilibrio psicológico sin orden.
Constancia es tenacidad sin desaliento. Firmeza y perseverancia en los objetivos que uno se ha puesto. Es uno de los grandes pilares de la personalidad madura. Habiendo tomado una determinación concreta, constancia es no darse por vencido, crecerse ante las dificultades que surjan. Así se edifica un ser humano fuerte, firme, consistente, rocoso, de una pieza.
Todo hábito es continuidad en el esfuerzo: saber esperar y saber continuar. Es una forma de valentía contra la fatiga y la renuncia. Dice Unamuno en su Diario íntimo: «No darse por vencido, ni aún vencido». La persona constante se ha ido haciendo así a base de pequeñas renuncias, ganando batallas menudas hasta llegar a ser hercúleo, de piedra, difícil de derribar. Acabo de terminar en estos días el libro La vida oculta de Fidel Castro, escrita por Juan Reinaldo Sánchez, que fue durante 17 años su guardaespaldas y que en un momento determinado se dio cuenta del tráfico de drogas gestionado por Castro y su gente… Quiso dimitir de su cargo y fue a la cárcel, en donde tuvo el trato habitual de las cárceles cubanas, dos años de prisión y necesitó reunir el dinero para escapar de la isla doce años después para pagar a la red de pasadores los diez mil dólares que precisaba: su lucha fue titánica, sin desmayo, contra toda esperanza…
El que es constante va consiguiendo ser estable y no se detiene en el cortoplacismo, sino que mira en la lejanía, por sobreelevación, acostumbrado de vencerse aquí y allí.
El orden y la constancia tienen como fruto inmediato el conseguir objetivos concretos, medibles, bien delimitados. El fruto mediato es la alegría, que es estar contento con uno mismo intentando sacar lo mejor que llevamos dentro, venciendo presiones y resistiendo infortunios. De ese modo, irá ganando en fortaleza y será cada vez más libre.
La vida diaria sigue siendo la gran cuestión. El secreto del éxito de muchas vidas descansa en haber trabajado bien estos dos pilares: bravura intrépida escondida en el remanso de muchos días sencillos y normales, la grandeza de hacer bien lo ordinario y aguantar los momentos malos. Así todo se desliza hacia una vida lograda, que no es otra cosa que autorrealización.
Enrique Rojas, catedrático de Psiquiatría.

martes, 13 de enero de 2015

El Cuidado de las Almas 2015

Prendre soin  de l’âme

5La portée thérapeutique de la philosophie se conçoit également du point de vue de son objet, qui ne peut finalement être autre que l’âme elle-même. Si la raison est en quelque sorte le moyen de la morale, c’est-à-dire la faculté qui permet de distinguer le bien du mal, l’âme est effectivement le lieu où se décide si l’homme est moral ou ne l’est pas. L’objet de la philosophie pratique est donc l’âme, tandis que la rationalité serait plutôt le moyen de la perfectionner.
6Le sens d’une philosophia medicans découle alors tout entier de l’idée qu’une âme immorale est une âme malade, et la philosophie antique conçoit effectivement que les défauts de raison morale sont un problème de santé. Cicéron écrit clairement qu’une âme « (…) agitée et entraînée loin d’une raison complète et ferme y perd non seulement l’accord avec elle-même mais la santé. »6 Il n’en reste pas moins que les maladies de l’âme sont souvent évoquées par comparaison avec celles qui affectent le corps. « De même qu’il y a dans le corps maladie, faiblesse et vice, - rappelle encore Cicéron7- de même ils sont dans l’âme. » Diogène Laërce use de la même comparaison : « Comme on parle des infirmités du corps, la goutte, le rhumatisme, il y a aussi dans l’âme l’amour de la gloire, le goût du plaisir et choses semblables. »8
7Il était prévisible que les prétentions thérapeutiques de la raison philosophique la mettent en demeure de s’expliquer sur son pouvoir de soulager les corps. Mais ce n’est là que comparaison, et l’on aura bien compris que l’objet de la philosophia medicans est seulement l’âme, sans que les pathologies auxquelles elle prétend pouvoir porter remède ne se rapportent directement à l’ordre corporel. C’est là ce qui distingue la philosophie de la plupart des autres pratiques de soin, puisque, dans le voisinage de la psychanalyse, ce sont tout d’abord les maux de l’âme qu’elle peut espérer soulager. En effet, « Dans les textes antiques qui assimilent la philosophie à une activité d’ordre thérapeutique, l’objet supposé ou déclaré de cette activité est l’âme, de même que celui de la médecine au sens propre est le corps. »9
8Il n’est cependant pas bien sûr que certaines pratiques corporelles ne requièrent pas un travail intérieur dont la philosophie donne parfois l’impression d’avoir le monopole. Les soins corporels ne sont effectivement pas si peu philosophiques qu’il pourrait de prime abord le sembler, et en ce qui concerne les pratiques orientales notamment, il se trouve que les états de la conscience sont une catégorie cardinale de leur exercice.10 La philosophie envisage certes la santé relativement à la nature incorporelle de son objet, mais elle donne aussi un fondement aux pratiques corporelles issues de civilisations non encore averties des exigences du dualisme cartésien. Il est vrai que, dans une épistémologie toute orientale, et lorsque les états du corps dépendent de ceux de l’âme, les pratiques corporelles ne peuvent plus être envisagées indépendamment de la philosophie.11
9De la même façon, le platonisme dévalorise le corps sans le séparer de l’âme et, contrairement à ce que l’on a parfois l’imprudence de prétendre, une telle dévalorisation n’implique aucun dualisme. A notre avis, l’ascendant que l’âme platonicienne exerce sur le corps tient même à un modèle philosophique comparable à celui des pratiques orientales. Dans le platonisme en effet, nous voyons que « Le corps est proposé à l’âme comme une matière qu’elle devra sans cesse façonner à sa propre ressemblance, après qu’elle-même aura imité les Formes. L’âme a pour office de faire pénétrer les lois immuables de l’harmonie, qui règnent sans contestation dans le monde céleste, en elle-même et dans le corps. Par la gymnastique et par la danse, elle fait imiter au corps les belles mœurs et les beaux caractères qu’elle-même a obtenus en imitant les Formes. D’où l’obligation « de ne jamais mouvoir l’âme sans le corps, ni le corps sans l’âme », « si l’on veut être appelé à bon droit à la fois beau et bon, au vrai sens de ces mots ». »12 Le parallèle avec les pratiques orientales saute aux yeux, car il s’agit effectivement toujours de soumettre le corps aux décrets d’une instance d’un autre ordre que lui. C’est par exemple « […] un fait que, dans le Yoga, la spéculation sur l’âme constitue la fin ultime. »13
10En contexte antique comme en contexte oriental, l’âme est donc le véritable objet de la pratique corporelle, toute la complexité de la question tenant au fait que le corps tend à s’imposer comme support de ce perfectionnement intérieur. Platon éclaire alors toute la différence qu’il y a entre de telles pratiques et la simple activité physique, décrivant l’homme sensé comme celui qui n’a pas égard « […] à la santé, ni à ce qui peut le rendre fort, sain et beau, s’il ne doit par là devenir tempérant ; mais on le verra toujours régler l’harmonie du corps pour maintenir l’accord parfait de l’âme. »14

Les maladies de l’âme

11Quoi qu’il en soit, la philosophie antique ne prend pas véritablement le corps comme objet, et le conçoit même explicitement comme un mode d’être inférieur. L’homme Grec est d’abord une âme, et n’est par là même que peu porté à l’étude de « […] ce fardeau que nous portons avec nous et que nous appelons le corps, et où nous sommes emprisonnés comme l’huître dans sa coquille. »15 L’ambition thérapeutique de la philosophie se porte donc essentiellement sur l’âme, dont la nature complexe permet de concevoir en quoi peut consister sa maladie. L’âme antique est effectivement composée de différentes parties, entre lesquelles est établie une hiérarchie qui permet seule de comprendre dans quelle mesure la philosophie peut la tenir pour malade. Platon donne une des plus emblématiques formulations de cette particularité de l’âme humaine, laquelle comprend donc essentiellement « […] deux parties : l’une supérieure en qualité et l’autre inférieure ; quand la supérieure par nature commande à l’inférieure, on dit que l’homme est maître de lui-même – c’est un éloge assurément ; mais quand, par le fait d’une mauvaise éducation ou de quelque mauvaise fréquentation la partie supérieure, qui est plus petite, se trouve dominée par la masse des éléments qui composent l’inférieure, on blâme cette domination comme honteuse, et l’on dit de l’homme dans un pareil état qu’il est esclave de lui-même et déréglé. »16 Il est par exemple possible de dire que « […] l’âme de celui qui a soif, en tant qu’elle a soif, ne veut pas autre chose que boire ; c’est là ce qu’elle désire, ce vers quoi elle s’élance. Si donc quand elle a soif quelque chose la tire en arrière, c’est, en elle, un élément différent de celui qui a soif et qui l’entraîne comme une bête sauvage vers le boire ; car, avons-nous dit, le même sujet, dans la même de ses parties, et relativement au même objet, ne peut produire à la fois des effets contraires […] Maintenant, affirmerons-nous qu’il se trouve parfois des gens qui, ayant soif, ne veulent pas boire ? Eh bien ! repris-je, que dire de ces gens là sinon qu’il y a dans leur âme un principe qui leur commande et un autre qui leur défend de boire, celui-ci différent et maître du premier ? Or le principe qui pose de pareilles défenses ne vient-il pas, quand il existe, de la raison, tandis que les impulsions qui mènent l’âme et la tirent sont engendrées par des dispositions maladives ? »17 Ces « dispositions maladives » permettent de saisir les grands traits d’une psychologie antique, et font déjà entrevoir quelle contribution la philosophie peut apporter à une pratique de santé.
12Cette psychologie présente l’âme comme « […] une espèce de bête multiforme et polycéphale, ayant, disposées en cercle, des têtes d’animaux dociles et d’animaux féroces, et capable de changer et de tirer d’elle-même tout cela. »,18 comme un composé polymorphe dont les principales instances sont la raison et les passions.19 Le drame de l’homme se devine à la lumière de l’incompatibilité entre les différentes puissances qui cohabitent en son sein, la raison posant le plus souvent des décrets qui contredisent la pente naturelle de ses désirs. La portée thérapeutique de la philosophie se fonde sur l’hypothèse d’une hiérarchie naturelle entre ces deux instances de l’âme, la domination de l’epithumia, c’est-à-dire le siège des désirs, étant alors considérée comme une véritable maladie. Nous avons déjà vu que pour Cicéron, « […] une âme agitée et entraînée loin d’une raison complète et ferme y perd non seulement l’accord avec elle-même mais la santé. »20 « Car la pitié, – écrit-il encore – l’envie, la joie folle, le contentement, voilà ce qu’en Grec on appelle des maladies, mouvement de l’âme n’obéissant pas à la raison […] »21

La maladie du désir

13Epicure relève quant à lui quatre principales sources de maux, à savoir la crainte des dieux, la crainte de la mort, l’illimitation du désir et l’incapacité d’endurer.22 La troisième source paraît de loin la plus profonde, et semble d’ailleurs avoir si bien su résister au temps que nous sommes encore portés à y voir la plus emblématique des passions. Nulle autre ne semble effectivement aussi forte que les désirs, et c’est finalement bien là que les philosophes de l’antiquité ont conçus le siège des maladies de l’âme.
14Epicure oppose les désirs vains aux désirs naturels et, parmi ces derniers, distingue ceux qui sont nécessaires23, car seuls les désirs à la fois naturels et nécessaires semblent ne pas devoir troubler l’âme et menacer l’hêgemonikon de la raison. Une légère introspection suffit à avérer l’inaltérable pertinence de cette psychologie, car nous ne sommes pas sans quotidiennement éprouver la concurrence que nos désirs font à ce qu’il serait pourtant raisonnable de souhaiter.
15Au-delà du conflit d’intérêt qui déchire les différentes instances de l’âme, il reste encore à montrer que les passions sont une maladie, et que le désir qui s’y rapporte – le désir naturel en somme - ne renferme aucune promesse de bonheur24. C’est certainement de ce point de vue que la psychologie antique est la plus démodée – la plus intempestive aurait dit Nietzsche - puisque l’heure semble définitivement venue de « se faire plaisir » sans « se prendre la tête »… entendez sans solliciter le conseil de la raison. Calliclès défendait d’ailleurs déjà la même idée, celle « […] de vivre dans la jouissance, d’éprouver toutes les formes de désirs et de les assouvir – voilà, c’est cela, la vie heureuse ! »25 Socrate fait alors remarquer que si le bonheur est dans n’importe quel plaisir, on ne peut alors être heureux sans s’exposer aux inconvénients de la dépravation, ce qui est finalement contradictoire.26 Les véritables plaisirs ne sont au contraire précédés d’aucune douleur et d’aucun besoin, car seuls ceux dont la privation n’est pas douloureuse procurent des jouissances « pures de toute souffrance ».27
16Cette conception d’un plaisir sans désir préalable est fort éloignée de l’idée que l’on se fait aujourd’hui de l’épicurisme, puisque un épicurien est désormais pour nous celui qui cueille le jour en y goûtant les fruits qui satisfont son désir naturel. Or le plaisir que recommande Epicure n’est manifestement pas du même ordre que ce qui en est venu à porter son nom, et les Sentences Vaticanes nous sensibilisent au contraire à l’impérieuse nécessité de poser des limites au désir. L’illimitation du désir promet effectivement davantage de trouble que de plaisir, car « Rien n’est suffisant pour celui pour qui le suffisant est peu. »28 Le problème de l’âme humaine est que son désir n’ayant pas de bornes, l’impossibilité de le satisfaire réserve des souffrances qui font de l’épicurisme vulgarisé une contradiction dans les termes. Plus je me laisse aller aux plaisirs, plus le manque qui naît de l’impossibilité de tous les satisfaire me fait finalement souffrir. La détermination correcte des limites est au contraire « un aspect fondamental de la thérapeutique épicurienne ».29 Cicéron fait écho à cette nécessité de limiter le désir, puisque « […] l’âme troublée et agitée par les passions ne peut se retenir ni s’arrêter où elle veut […] »30
17Dès l’instant où il se rapporte aux passions, la nécessité de limiter ou de contenir le désir est un invariant de la psychologie antique. Le désir aliène dans l’exacte mesure où un vase percé ne peut jamais être rempli, et condamne l’âme à ne jamais être totalement et durablement comblée. Plutarque fait d’ailleurs remarquer que « […] toutes les passions et maladies sont suivies de ce que nous croyons fuir grâce à elles – l’amour de la gloire mène au discrédit, l’amour du plaisir à la douleur, la mollesse à l’effort, le goût de la domination à la défaite et à la condamnation […] »31Ce qu’il y a de plus terrible, écrit encore Platon, dans cet enchaînement de l’âme aux passions corporelles, « […] c’est qu’il est l’oeuvre du désir, en sorte que c’est le prisonnier lui-même qui contribue le plus à serrer les liens. »32 Les soins que réclame l’âme soumise à l’emprise du désir sont alors de nature manifestement philosophique.
18Si les désirs naturels nous font souffrir, c’est finalement à la vertu que nous devons abandonner nos derniers espoirs de bonheur.33 Mais l’illusion des plaisirs naturels est grande, et l’emprise fascinatrice de la passion tout aussi irrésistible, de sorte que nous ne comprenons pas bien comment les exigences de la vertu pourraient nous rendre heureux. C’est qu’il existe deux formes de bonheur, un bonheur naturel mais illusoire et un bonheur philosophique dont la profondeur réclame un sacrifice.34 Le paradoxe de ce bonheur par le sacrifice tient tout entier à la défaite rationnelle qu’implique le triomphe des passions, mais aussi aux privations et à l’assèchement du désir par lesquels la raison parvient à seulement imposer ses décrets. Dans la mesure où les deux principales instances de l’âme s’opposent, et où, comme le rappelle encore Aristote, « […] il existe dans l’âme quelque chose qui est contre la raison, qui s’oppose à elle, et qui marche contre sa direction […] »35, la victoire de l’une réclame inévitablement la défaite de l’autre, de sorte que le bonheur envisagé du point de vue de la raison – le bonheur philosophique – ne peut paraître que fort ascétique du point de vue des désirs naturels.
19Hiéroclès démontre magnifiquement que la vertu apporte finalement seule le bonheur, car « Celui qui préfère en effet ce qui est agréable et honteux à la fois, même s’il est pour peu de temps amorcé par l’appât du plaisir, ne tarde point, par l’effet de ce qu’il choisit de honteux, à en venir à un douloureux repentir. Mais celui qui préfère le beau et le pénible, bien qu’il soit tout d’abord accablé par son inaccoutumance à supporter la peine, ne tarde pas à voir, par son union avec le beau, sa peine s’alléger, et à jouir enfin par le fait de la vertu d’une pure volupté. En effet, qu’on fasse avec plaisir quelque chose de honteux, le plaisir passe et le honteux demeure. Mais qu’on fasse avec peine quelque chose de beau, la peine passe et le beau reste.»36 Il faut s’arrêter un instant sur la profondeur de ce passage, car Hiéroclès y met la raison et les passions clairement en concurrence du point de vue du bonheur. Or le bien que détermine la raison promet seule d’être heureux, tandis que le plaisir des passions nous fait finalementsouffrir. L’extraordinaire de cette démonstration est qu’elle est quasiment expérimentale, il suffit de songer au malheur qui affecte presque immanquablement ceux auxquels aucun plaisir n’est refusé.  
20La véritable échelle du bonheur est donc celle du beau et du honteux et non, contrairement à ce qu’il semble de prime abord, celle de l’agréable et du pénible. Il y aurait alors beaucoup à dire sur la frustration et la contrainte qui, en même temps qu’elles contrarient les droits devenus élémentaires de se distraire et de « profiter de la vie », se présenteraient finalement comme le premier moyen du bonheur. Et si le droit au plaisir ne nous aidait pas à être heureux ? Et si la frustration était finalement la voie du bonheur ? Notre industrie du divertissement répandrait alors le plus grand mensonge métaphysique de tous les temps, celui de l’homme qui tire sa joie de n’avoir jamais rien à surmonter.
21Le soin philosophique de l’âme consiste donc à la détourner de sa pente naturelle – infantile, pourrions-nous dire. « Que toute passion soit donc effacée et l’âme apaisée, - écrit Cicéron – en lui enseignant que ce qui donne naissance au plaisir et au désir n’est pas un bien, et que ce qui produit la crainte ou la peine n’est pas un mal. »37 Or le principal moyen de cette contradiction faite aux passions ne peut tenir qu’à l’usage de leur rivale et ennemie héréditaire.

La fonction thérapeutique du logos

22La raison étant le premier contre-pouvoir des passions qui menacent de nous faire souffrir, la prééminence que la philosophie réserve à cette faculté a bel et bien une fonction thérapeutique. L’exercice de la pensée rationnelle est soin de l’âme dans l’exacte mesure où elle détourne de la maladie du désir, et le logos éclaire les passions sous un jour qui permet de prendre conscience des douleurs qui doivent fatalement leur succéder. La réflexion philosophique permet de surmonter le plus redoutable argument de la partie inférieure de l’âme, à savoir la garantie de l’ivresse, et la fonction thérapeutique du logos consiste essentiellement à faire apparaître que le grand mal du manque et de l’envie ne compense pas le petit bien d’une volupté passagère. L’analyse rationnelle guérit des plaisirs en révélant les mensonges de la séduction, et l’homme rationnel a effectivement une dimension de plus que l’homme séduit. Galien rapporte ainsi une phrase essentielle de Chrysippe : « Une fois que le temps a fait son œuvre et que l’ardeur de la passion se relâche, on peut espérer que lelogos, s’infiltrant et prenant pour ainsi dire possession de la place, présente l’absurdité de la passion (paristanai tên ton pathous alogian). »38 Ici, ajoute André-Jean Voelke, « […] la thérapeutique consiste donc à « présenter » (paristantai) ou « montrer » (paradeiknumai) le caractère irrationnel et discordant de la passion. Cette opération mobilise le logos, et l’on peut certes y voir un retour spontané à la raison où une mise à la raison. »39
23Cette « mise à la raison » est susceptible d’une efficacité pratique beaucoup plus convaincante qu’il peut de prime abord le sembler. L’examen rationnel des passions permet effectivement de prendre un recul qui offre davantage de choix que le cours naturel des désirs. Une telle « prise de conscience » n’est d’ailleurs pas si éloignée de la cure psychanalytique, mais concède au logos philosophique une prééminence que les actuels thérapeutes de l’âme refuseront certainement de lui abandonner.40 La psychanalyse récuse la hiérarchie des facultés sur laquelle repose toute la psychologie antique, et le XXsiècle a effectivement été une lente légitimation du désir en même temps qu’il en a de plus en plus fortement dénoncé la répression. Le psychologue est finalement ici aux prises avec l’idéologie, car la libération des mœurs et des mentalités ne peut être sans lien avec la levée du joug rationnel. Mais il se peut que notre amour de la liberté nous ait poussé à la faute, et que la florescence des passions qui couvrent à présent le tombeau de la morale promette finalement davantage de souffrance que de bonheur.
24Il reste effectivement à prouver qu’au-delà de ses manifestes abus, le rationalisme pratique des anciens ne remplissait pas une fonction de garde-fou dont la levée expose nos générations à la voracité et à l’illimitation du désir dont se défiaient les véritables épicuriens. A présent que des addictions en tout genre menacent les libertins du XXIe siècle, le soin de l’âme réclame peut-être de recourir à une faculté qui est finalement la seule à pouvoir rivaliser avec l’emprise de la passion. Si l’on veut bien convenir que nos désirs naturels ont la puissance de nous faire souffrir, la raison demeure l’antidote dont la psychologie antique connaissait déjà parfaitement les vertus.